Un servicio creativo: Minibiblioteca pública “Libros libres”

ESCRITO POR

Redacción

ULTIMA REVISTA

Son unas hermosas y cálidas casitas con libros. De repente, uno se las encuentra en las calles de la ciudad; y puede tomar uno, llevárselo y leerlo. Claro, existe el compromiso de devolverlo a su lugar . De quién fue la iniciativa? Quién se ocupa de organizar la tarea? Cómo recibió la comunidad esta buena idea? El texto que sigue pertenece a Julieta Parodi, docente, gestora de Libros Libres; ella nos explica de qué se trata.

El proyecto es el germen de un encuentro. Su relato tiene un encanto: el de empezar en singular y terminar en plural. Hace muchos años en Rosario crucé una casita con libros para llevar y dejar uno a cambio. Muchas veces junté libros de mudanzas, donaciones que no encontraban el momento. La pandemia entre tantos golpes, dejó un espacio para esta extraña forma de solidaridad.

En septiembre del 2020, encerrades y buscando cómo inventarnos, volvía a revisar esas cajas de libros y resurgió esta idea. Que es posible también por lo práctica, tenía que ser en la puerta de casa, sola en la puerta con un alcohol en gel y ver que iba pasando. Y pasaron muchas cosas.

Hoy hay 14 casitas en diferentes barrios, fuimos volviéndonos un grupo muy cálido que lleva y trae libros de casita en casita según las exigencia de les lectores. Y toda la logística fue determinándola la gente, les lectores. En un primer momento las casitas las sacábamos a la vereda de 10 a 19 hs y de a poco cada barrio tuvo horarios de mucho  movimiento, conversaciones entre lectores en las puertas sobre libros, lecturas, recomendaciones, golpes en la puerta para entender cómo funcionaba. Y algo que nos fascina que es la exigencia del lector. Niñes que buscan géneros determinados, adoslecentes con temas  preferidos, autores que están esperando que regresen. Ese horario inicial fue mutando y hoy cada casita tiene su funcionamiento autónomo, según las particularidades de cada barrio. Una cartografía de lecturas.

Hoy es un proyecto de dos gestos. Gigantes. La gente que dona sus libros, escribe por face, por instagram o wsp y ahí vamos en busca de lo que sea, porque sabemos que del otro lado hay lectores para todo tipo de textos. Nos cuentan sus lazos con esos libros que aman, de dónde vinieron, quiénes se los leían. Sabemos que es difícil desprenderse, pero creemos que se ve, por primera vez, que esta idea de multiplicar es el mejor destino para aquello que amamos. Y el otro gesto que es la apuesta más grande: que el libro regrese. En ese gesto mínimo y gigante el mismo lector es el que garantiza y hace posible que haya un próximo lector para ese libro. A su vez conjura un ejercicio de pulseada contra la idea de propiedad privada sobre el libro, de dejar que muera en una biblioteca, de quitarle los últimos suspiros de vitalidad.

Esta última idea es bien colectiva, ya que en su origen era llevar uno y dejar otro. Y nos encontramos con lectores que nos decían “no tengo un libro para dejar”, o “sólo tengo biblias”. Y dijimos claro, no, no es por acá. Por qué exigir como condición que alguien tenga un libro, o quiera desprenderse de él. Entonces fue dándose esta idea de que el libro al terminar de leerlo, regrese, y apreció esto de círculo infinito de lecturas sobre un libro, que es increíble. E imaginamos con consecuencias imprevistas hoy, un red de lectores comunes, que van construyendo su subjetividad a partir de lecturas compartidas, algo extraño, que no logramos dimensionar muy bien aún.

Lo que sí desde un inicio estuvo un poco presente fue la certeza de que la minibiblioteca tenía que estar sola. El lector tenía que estar sole. Despojar un poco al objeto libro de esa carga de intelectualidad de la que hay que dar cuenta a cada paso, cómo si el libro cargase de manera implícita los motivos, por qué leo esto, de cuánto soy capaz, qué soy capaz de entender. No, lo llevás, ves, lo dejás en baño, no lo entendés, no te gusta, te fascina, lo devolvés, llevás otro. Nadie examina, y la acción de leer se hace más libre. Y tal vez traza su propio recorrido, autores que empiezan a gustar, otros que no, géneros que identifican…se traza un lector libre de prejuicios. Incluso hay una experiencia que habla un poco de esto: tenemos lectores que envuelven en papel de diario el libro que llevan, y así lo devuelven en la casita.

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