San Nicolás de los vinos

ESCRITO POR

Walter Alvarez

ULTIMA REVISTA

A lo largo de cien años San
Nicolás de los Arroyos fue una
ciudad vitivinícola.
No llama tanto la atención este
dato como que esta historia haya
sido olvidada por la mayoría de
los actuales nicoleños.
Solo un detalle estadístico le
asigna dimensión a este olvido:
en el año 1957, cincuenta y cinco
bodegas produjeron más de
once millones de litros de vino
provenientes de viñedos de
cuatrocientos tres productores.

Resulta difícil
imaginar que la periferia de una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes, donde
hoy se asienta más de la mitad de la población, estuvo plantada con mil
doscientas hectáreas de viñedos.

Todo comenzó en 1886
cuando el inmigrante genovés Carlos Cámpora decidió emprender la tarea de
conseguir la variedad de uvas que mejor se adaptara al clima y el suelo
pampeano para continuar la tradición vitivinícola de su tierra natal. En Italia
producían sus vinos y sus padres y abuelos así lo habían hecho toda la vida.

Si se observan los
paisajes donde crece la mejor uva ninguno de ellos se parece al del norte de la
provincia de Buenos Aires. Sin embargo, éste fue el lugar donde los inmigrantes
llegaron buscando un futuro mejor que el que les deparaba su Italia natal. Aquí
habían colonizado la tierra baldía y aquí reproducirían sus costumbres familiares.

Los viñedos ocupaban
un pequeño espacio en la quinta junto a los frutales y las hortalizas. Poco a
poco, la campiña se fue poblando con la llegada de más italianos de todas las
regiones, junto a franceses y españoles. Los viñedos fueron creciendo en número
y la cantidad de vino producido excedía el consumo familiar.

A principios del
siglo XX, se produjo la expansión de la agricultura cerealera en el país
requiriendo mano de obra intensiva. En cada chacra había entre veinte y
cincuenta personas en forma permanente. Y esta cifra se incrementaba en época
de cosechas.

La comida no era
problema, ya que provenía de los propios campos en los que ellos trabajaban,
pero la bebida había que traerla desde regiones lejanas, como Mendoza o San
Juan.

Las bodegas nicoleñas
estaban más cerca y, por lo tanto, su vino era más económico. Los quinteros
vieron la oportunidad y asumieron el desafío de ampliar sus viñedos e
instalaciones para abastecer esta demanda.

En esa época no
existían ni las maquinarias ni los medios de transporte a motor con los que
recorrer las enormes distancias que los separaban de las chacras cerealeras. El
reparto se hacía en jardineras, que cargadas de bordalesas recorrían el campo y
los almacenes de pueblo en un radio de 150 kilómetros.

Lo producido
alcanzaba para abastecer todo el norte rural de la provincia de Buenos Aires y
el sur de Santa Fe.

Aunque elaborar aquí
era una verdadera epopeya. Una lucha constante contra la naturaleza. Los
bodegueros debieron sobreponerse a la inaptitud del clima húmedo que
multiplicaba los enemigos naturales de las cepas. Enfermedades que devastaban
los viñedos y para los que no había más remedio que volver a plantar y esperar.
Por lo que se realizaban doce curaciones anuales cuando en climas secos bastan
con tres. Un suelo con escaso drenaje, muy bueno para la agricultura, pero poco
recomendable para la viña. Las pedradas, las heladas, el exceso de lluvias y la
baja concentración de azúcar en la uva, fueron otros obstáculos a vencer.
Contra todo, la vitivinicultura nicoleña fue próspera en sus tres primeras
décadas.

En la década de 1930
el precio del vino y de la uva bajó al son del crack económico. Para
sobrevivir, los pequeños productores se asociaron en una Bodega Cooperativa, sostenida
con la producción de ciento setenta y cinco quinteros. Se construyó una bodega
Modelo inédita para la zona y la época. Tecnología de última generación y una
capacidad de producción de dos millones de litros. El proyecto duró lo que el
acuerdo entre varios y pronto el sueño se disolvió. Sin embargo, el esfuerzo
les demostró que era posible.

Para ese entonces el
ciclo económico los favorecía nuevamente y la década del 40 los encontró
prósperos. El vino nicoleño proveía al norte de la provincia de Buenos Aires,
sur de Santa Fe, parte de Entre Ríos, La Pampa y Córdoba. El mercado ya no era el rural
sino las urbanizaciones industriales de la periferia de la Capital Federal y
Rosario. El vino se iba en camiones y en barcos. Fueron los años de las grandes
construcciones. Las bodegas se ampliaron en piletas de cemento de hasta ochenta
mil litros de capacidad y el proceso de producción se tecnificó.

En la década del 60
San Nicolás le daba la espalda al campo y se abrazaba al proyecto
industrializador. Grandes empresas nacionales como Somisa y Súper Usina y
decenas de talleres satélites atrajeron una inmigración de provincianos que en
pocos años duplicó la población de una ciudad en la que el cartel que anunciaba
el fin de la zona urbana estaba a catorce cuadras del centro.

No había lugar para
alojar a los obreros y el poder político e inmobiliario reclamó los terrenos
donde se levantaban las quintas para el sueño industrial. Sueño que para los
bodegueros fue el comienzo de una agónica pesadilla. Muchos fueron persuadidos
para vender sus tierras y crear allí barrios donde hoy lo único que queda de
ellos son sus apellidos.

Muchos atravesaron la
década de los 70 decididos a abandonar las bodegas. No fue sencillo
desprenderse del esfuerzo ancestral de sus abuelos. La introducción del cultivo
de la soja alentó a los más indecisos a reemplazar los viñedos. Otros
regresaron a los frutales y las verduras. Los más audaces llegaron a vender el
vino casa por casa hasta la década del 80.

La última vendimia se realizó en 1986. Con el último aliento la familia Gaio cerró las puertas de la última bodega, cien años después del comienzo de la vitivinicultura nicoleña.

Para enterarse más http://vinosannicolas.blogspot.com/