¡Sálvalos, Señor..!

ESCRITO POR

Alejandro Andrín

ULTIMA REVISTA

Nos habían hecho pasar a un pequeño altar lateral de la iglesia. Tuve que esperar estar alfabetizado para comprender por qué iba primero en la fila.

Llevábamos una canastita con el vaso plegable, unos lápices de colores, una carpeta Nro 5 con hojas canson de dibujo. Una estampita y restos de masitas en el fondo.
Dejamos la carpeta sobre nuestras piernas, la canastita en el piso y nos sentamos en hilera de a uno. Yo era el primero.

Entonces la monjita habló, dijo: “hagan silencio y cierren los ojos un momento”. Era una incitación sutilmente severa. A lo lejos sonaba el órgano ensayando para la misa del domingo.
Esperó que el silencio fuera profundo, espeso y entonces volvió a decirlo: “cierren los ojos y sientan al Niño Jesús dentro de ustedes”.

Las voces se fueron perdiendo y el silencio reptó por entre las columnas y los bancos desiertos de la nave principal, pareció hacerse más grande bajo la mirada de las efigies de los santos y la ceja ahora en alto de la monja.
Los delantales a cuadrillé se fueron poniendo en una sola hilera prolija, disciplinada.
“Cierren los ojos, y encuentren a Jesús dentro de ustedes” dijo.
Yo los cerré bien fuerte pero sólo encontré ahí dentro a mi amigo Chano, el mendigo que vivía en el baldío de a la vuelta de mi casa y que habían hallado muerto de frío.
Me había asomado al tapial de mi casa y entonces lo vi, embalsamado de muerte y con una semisonrisa inmóvil. Al lado su perro olfateaba desesperado como buscando algo que no encontraba.

Chano había sido el único que quiso acompañarme, hacía una semana, al cementerio porque yo tenía algo importante que decirle a mi viejo. Recuerdo bien.
Y hasta la policía nos había estado buscando y a Chano lo metieron preso por eso.

Abrí un instante los ojos y los volví a cerrar para ver si podía cumplir con la orden pero otra vez una cosa parecida a la nada, oscura, vacía y llena de malos presagios se me venía.
La monjita estaba sentada, tenía las palmas juntas una con otra y las había apoyado entre sus piernas. Y nos miraba.
Detrás de mí imaginé la larga hilera de compañeros con sus delantales cuadrillé amarillo y sus canastos en el piso y sus carpetas forradas y los lápices con sus puntas intactas.

”Levanten la mano los que sintieron a Jesús dentro suyo”, dijo. Yo me quedé quieto, una uña se me metía furiosa dentro de las hojas de la carpeta. Intenté buscar en su mirada alguna respuesta.
Entonces me di vuelta.Un mar de manos levantadas, todas. Como arañas queriendo permanecer aferradas al techo. Todas.
Estuve tentado de decirle a la Hermana si podíamos volver a cerrar los ojos.
Estaba seguro que algo que encontraría ahí dentro me podía devolver al rebaño.
Se lo dije.
Pero la monja se había dado vuelta hacia el pequeño altar y oraba. Dijo: “Gran Padre, qué es el infierno?”
Yo digo que es el dolor de no poder amar.
Se persignó dos veces. “Sálvalos, Señor, sólo en ti confiamos”.
Y nos hizo abrir la carpeta.

“Ahora dibujen y pinten lo que vieron”, dijo.