El momento de contrastar modelos

ESCRITO POR

Eduardo Bluhn

ULTIMA REVISTA

La crisis generada por el #coronavirus ha alterado, entre muchos otros aspectos de nuestra vida individual y colectiva, el debate público. Éste es un fenómeno ambivalente y contradictorio; ofrece aristas rescatables y negativas en proporciones distintas y, desde luego, mensurables a discreción.

 

Por una parte, la dramática nube de la pandemia ha ocultado y silenciado muchos debates que unos meses atrás resultaban impostergables. En nuestro país, por caso, aparecía como una tarea imprescindible del nuevo gobierno la investigación, difusión y denuncia de las consecuencias nefastas del experimento neoliberal del gobierno macrista, en todas sus facetas y alcances. Lamentablemente, para alegría de sus actores principales – y para la ignorancia de muchos compatriotas – la conmoción social provocada por el COVID 19 permitirá “diluir” buena parte del trágico latrocinio consumado por el gobierno saliente y, paralelamente, muchas de sus responsabilidades se cargarán alegremente a la cuenta del virus maldito. Los medios de comunicación dominantes, dirigidos por el eje monopólico Clarín - La Nación, se ocuparán de silenciar sistemáticamente las cifras de esta estafa – a la sazón, la verdadera “pesada herencia” – y blindar a sus culpables.

Sin embargo, en forma paralela, la pandemia ha echado luz sobre paradojas y contradicciones insalvables del modelo liberal-capitalista que hace unos meses resultaban más opacas. Sería, tal vez, aventurado y temerario interpretar este momento como un punto de inflexión en la historia contemporánea, aludir a un “antes y un después” de la pandemia en términos de ruptura cultural profunda; no existen elementos fácticos ni perspectiva temporal que nos permitan sustentar afirmaciones de ese calibre. Pero tampoco es éste un momento más del devenir histórico: es indudable que el nuevo escenario ofrece matices que permiten, al menos, señalar los mitos del capitalismo salvaje, ponerlos en debate y, a partir de allí, disputar el sentido común dominante. La crisis del coronavirus ha dejado en la Argentina y en el mundo entero infectados, desocupados, angustiados y muertos; pero también, y fundamentalmente, ha visibilizado como nunca antes las falacias y vilezas más crueles del sistema, desnudando múltiples evidencias que podemos aprovechar en el marco de la disputa cultural que llevamos adelante los actores del ancho campo popular.

Debemos, en consecuencia, asumir que la pandemia ha expuesto crudamente las brutales contradicciones de la cosmovisión liberal desenmascarando todos sus bueyes sagrados, que hoy pueden ser contrastados con una lacerante realidad social a la que no pueden dar la más mínima respuesta. A título meramente ilustrativo, y en modo alguno taxativo, mencionemos:

  • El individualismo: la cosmovisión dominante ha consagrado como dogma supremo el cuentapropismo social en todas sus versiones y matices, y ha instalado – multimedios mediante – el prejuicio más hostil contra todo lo colectivo, lo solidario, lo comunitario y lo estatal; ahora, ante la tragedia sanitaria, no tiene más recursos dialécticos que la cínica apuesta al fracaso de las políticas públicas.
  • El economicismo: el neoliberalismo ha sacralizado a la macroeconomía de base monetarista como una disciplina suprema, a cuyos incuestionables dictados se deben someter la política y la sociedad toda; hoy es legítimo preguntarse qué sentido y qué respuestas aporta a la solución de esta crisis aquella muletilla arrogante que rezaba “es la economía, estúpido”.
  • La omnipotencia del mercado: la lógica impuesta por los medios hegemónicos ha instalado como un dogma incuestionable la supremacía de “la mano invisible del mercado” como conductor de la sociedad, en desmedro de un Estado estéril, siempre presentado como sinónimo de lentitud, ineficiencia y corrupción; ahora la pandemia plantea, en contraste, un escenario colectivo del que sólo es posible salir con políticas públicas activas.
  • La meritocracia: la cosmovisión liberal-individualista postula permanentemente la falsa creencia de que el éxito o el fracaso, personal o familiar, son resultado natural del esfuerzo propio, con total prescindencia del contexto social, cultural y económico que lo determina y condiciona; casi como una paradoja de la historia, el virus se empeña en demostrar la inconsistencia de este fetiche afectando indistintamente a personas o países, ricos o pobres, por igual.

Como se ha dicho, el listado es apenas enunciativo; podríamos seguir subrayando muchas otras falacias conceptuales del liberalismo, pero no es el objeto de estas líneas. Lo importante es asumir que la coyuntura permite señalar, profundizar y difundir el estruendoso fracaso del paradigma liberal-cuentapropista y contrastarlo crudamente, sin rubores y sin temores, con la cosmovisión humanista, solidaria, nacional y popular que sustentamos.

En ese sentido, no podemos despreciar el involuntario pero valioso aporte que representan algunas voces calificadas del capitalismo más concentrado, hasta hace poco tiempo alineadas en la lógica opuesta y que ahora, sugestivamente, convocan a afrontar la crisis con humanismo y solidaridad. Hay muchos ejemplos recientes de esta curiosa mutación, pero nos detendremos solamente en algunas, en aras de la brevedad y en reconocimiento a su fuerte carga simbólica:

  • Kristalina Georgieva, Directora General del Fondo Monetario Internacional, ha expresado recientemente: “Los costos humanos de la pandemia ya son inconmensurables, y todos los países necesitan trabajar juntos para proteger a las personas (….). Éste es un momento de solidaridad”.
  • Ángela Merkel, canciller alemana y ariete activo de las más duras políticas de ajuste impuestas por la troika europea durante la crisis financiera de 2008, ha promovido (y obtenido bajo fuerte presión) una ayuda económica extraordinaria del Consejo Europeo de 750 mil millones de euros (825 mil millones de dólares), destinados a rescatar a los países de la Unión Europea de la debacle económica en que se encuentran. Lo más significativo de este salvataje es que más de la mitad de ese monto será destinado a subsidios no reintegrables, es decir, a inversiones a fondo perdido; el resto, a préstamos blandos a los países miembros. En otro contexto, este formidable paquete de ayuda sería calificado, sin ambages, de populismo puro y duro.
  • Un grupo de magnates agrupados en la organización “Millonaires for Humanity” (“Millonarios por la Humanidad”) ha suscripto recientemente una solicitada en la que piden explícitamente a los gobiernos pagar más impuestos para paliar la crisis. En el llamativo documento, los megaempresarios admiten: A diferencia de decenas de millones de personas en todo el mundo, no tenemos que preocuparnos por perder nuestros trabajos, nuestros hogares o nuestra capacidad de mantener a nuestras familias”, para finalizar instando a los gobiernos a aumentar los impuestos a millonarios y multimillonarios "de forma inmediata, sustancial y permanente".
  • Importantes  analistas internacionales – incluso algunos que representan a los grupos más selectos del establishment económico financiero – han incorporado al debate público conceptos tales como “subsidios a los más necesitados”, “fin de los ajustes fiscales”, “ingresos mínimos garantizados”, “impuestos a los más ricos”; términos que pertenecían hasta hace pocos meses al léxico maldito del populismo.

Estas expresiones cuasi surrealistas no son producto de un súbito brote de filantropía o solidaridad internacional; antes bien, son la cabal demostración de que una parte significativa de las élites económicas mundiales ha ponderado la gravedad de la situación y ha comprendido que de ella solamente se podrá salir con una potente intervención de los Estados – Nación y de los organismos multilaterales que los agrupan. Y algo que no es menor: con asistencias directas a las víctimas del modelo.

Va de suyo que las oligarquías vernáculas no parecen haber tomado nota de estas manifestaciones, pese a provenir de los más encumbrados referentes del capitalismo financiero global. Además de su proverbial mezquindad y codicia, las élites económicas argentinas siguen haciendo gala de su profunda ignorancia.

Aparece, entonces, como un deber indelegable de los actores del campo nacional y popular, cualquiera sea el lugar que ocupemos, volver a instalar en la sociedad argentina el debate ideológico profundo, ahora catalizado por la visibilidad que le otorga el escenario de la crisis sanitaria. Y exponer con toda claridad la verdadera dimensión filosófica, cultural y política del cambio de paradigma operado el pasado 10 de diciembre: antes, el “sálvese quien pueda”; ahora, un “nosotros” inclusivo y contenedor. Tal vez, deberíamos reeditar, como lema de esta tarea, la potente formulación de Cristina: “la Patria es el otro”.

Es la oportunidad de señalar, con todo énfasis, que el liberalismo no sólo aísla, empobrece y excluye; también, en última instancia, mata o deja morir; ahora, literalmente. Es momento de rescatar la memoria colectiva y los sueños de igualdad y justicia de los grandes movimientos populares del siglo pasado, en especial, del peronismo. No sólo sus banderas y sus incuestionables conquistas sociales; fundamentalmente, su cosmovisión profundamente humanista, cristiana, solidaria, nacional, popular y latinoamericanista.

Es hora de instalar que de esta crisis debemos salir con una vacuna contra el coronavirus pero también, y principalmente, con una ética de la alteridad que supere la cultura del cuentapropismo que nos ha dominado.

En otros términos, es el momento de librar un capítulo significativo en la enorme tarea que tenemos por delante: el desafío de descolonizar las conciencias, envenenadas por el liberalismo. A la sazón, es el momento de librar un capítulo decisivo de la batalla cultural.